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INVERSIONISAAC ALFIE
Las inversiones continúan en contracción

Dos semanas atrás dábamos una mirada a las carencias que nuestro país tiene en la formación de su capital humano y sus consecuencias. Hoy veremos qué viene sucediendo en los últimos años con el capital físico.

Para mejor ilustración, se adjunta un cuadro que muestra qué sucede desde 2010 hasta el año cerrado en junio pasado. En éste se detalla la inversión extranjera directa (IED) y el total de inversión reproductiva por excelencia (sin construcción).

Dejé de lado la inversión en construcción porque, si bien es claro que alguna de ella mejora la productividad y otra sirve de soporte a instalaciones fabriles, su capacidad de multiplicar producción es baja. Por tanto, si queremos analizar el potencial de crecimiento, no es muy conveniente considerarla, en especial si su participación en el total invertido es elevada (más del 50% del total en los últimos dos años y una cifra muy cercana a dicho porcentaje en los tres años previos).

Precisión.
Se debe señalar que no toda la IED es nueva inversión para el país (no es inversión en su definición económica) o reproductiva. En efecto, si un apartamento, una fábrica o un campo se vende desde un residente a un no residente, esto es IED pero claramente no aumenta, al menos por el mero traspaso de la propiedad, la capacidad productiva del país. A su vez, la inversión total del país, definida en términos económicos -aquellos bienes producidos en un período y no consumidos totalmente en él-, incluye la IED que tenga estas características.

La inversión, como la economía en su conjunto, tuvo un buen comportamiento luego de pasados los problemas de comienzos de siglo. Dentro de ella, la extranjera mostró su pico en 2006, cuando la obra de Botnia (hoy UPM) fue un poderoso motor de la economía. En ese año la IED llegó a 7,6% del PIB, el máximo registro oficial que se conoce; pero luego de ello, si bien menores, los montos invertidos por no residentes fueron muy buenos hasta 2011, promediando el 5,7%. La reducción que se verifica desde ese año fue amortiguada por la inversión de Montes del Plata pero, terminada dicha fábrica, la IED se desploma al punto de ser negativa en 2016 y en el año cerrado a junio del presente 2017. El llamativo saldo negativo se produce por tres motivos: una caída en la inversión en sí, el retiro de utilidades superiores a las generadas en el ejercicio —utilidades acumuladas que habían sido reinvertidas en su momento—, y cierta corriente de inversión de uruguayos en el exterior ante mejores oportunidades de otros mercados. Por la razón que fuere, lo que las cifras indican se percibe claramente en el mercado.
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Algo parecido pasa con la inversión total; los registros son razonablemente buenos hasta 2013; a partir de allí comienza un declive que, en el año cerrado a junio 2017 implica una caída del 37.5% sobre su máximo en 2012 y aproximadamente un 30% sobre registros "normales" (siempre en términos del PIB). La medición en términos del producto es la más adecuada porque, como parece obvio, si hay más actividad para hacerla crecer se precisa más inversión en relación a esa misma actividad, y esto aun cuando la nueva inversión sea más productiva que la que se sustituye. Hay cierta relación técnica de necesidad de capital adicional por unidad de producto adicional, lo que no es algo nuevo de los últimos años. La nueva maquinaria es mejor que la anterior desde hace varios siglos.

Siendo cierto lo anterior, posiblemente un volumen de inversión como el que estamos observando en estos años no alcance o esté en el límite de la reposición del deterioro del existente, lo cual, de persistir la situación por un tiempo más, indefectiblemente nos conduce -en el mejor de los casos- a una tasa de crecimiento de mediano más baja.

Interrogantes.
La pregunta que debemos hacernos es: ¿cuál es la causa de tan importante deterioro en la inversión? ¿Qué tanto han cambiado las condiciones del país para ver algo tan distinto en pocos años? La menor actividad de la región está dentro de las razones, pero estimo que no es la principal ni cercanamente. A su vez, en caso de serlo, la misma podría ser largamente contrarrestada con el comportamiento del resto del mundo que vive un largo período de expansión, si fuéramos competitivos y tuviéramos relaciones comerciales más fuertes y de largo plazo. Eso no pasa.

El centro de la cuestión es que no somos competitivos. Atraso cambiario, enorme gasto público directo e indirecto en relación a los servicios (calidad y cantidad) que brinda el sector público, regulaciones que estrangulan la creatividad y falta de innovación están en la base. La expansión del gasto público ha sido la tónica del gobierno desde su asunción hace casi 13 años, con excepción del 2005. El círculo perverso se cierra con la alta carga impositiva, que a partir de 2011-2012 se intensifica, concentrada en impuestos sumamente distorsionantes de la asignación de recursos que el gobierno eligió crear o subir para evitar entrar en un sendero de quiebra. Esta carga es de tal dimensión, en especial sobre las rentas, que resulta muy difícil emprender fuera de un régimen promocional que la alivie. Ahora bien, los regímenes promocionales disminuyen la carga sobre el capital, pero no sobre el trabajo por lo que, todo lo dicho en mi columna anterior respecto al capital humano es válido. Una vez más, como la historia de la humanidad enseña, todos los problemas e inestabilidades macro las genera el desmedido gasto público.

Diario EL PAIS -  Montevideo -  URUGUAY -  13 noviembre 2017