Más allá de la maleza del alambrado es urgente el retorno a la tierra viva
Durante décadas, al productor rural se le enseñó que la flora nativa que crece al costado de los campos es, simplemente, “la mugrera del alambrado”. Una molestia estética y productiva que había que exterminar a fuerza de herbicidas y paquetes químicos.Sin embargo, en un rincón de San Javier, un tambero cansado de batallar año tras año contra los espinillos decidió claudicar en la guerra química.
Cambió la estrategia: dejó los montes quietos, metió a sus vacas a pastorear entre las hileras nativas y descubrió que las plantas le regalaban sombra, reparo y fijaban nitrógeno al suelo de forma natural. Los pájaros que anidaban allí empezaron a controlar las lagartas. La supuesta “mugre” era, en realidad, el sistema inmunológico de su propia tierra.
Esa anécdota concreta, ese quiebre de cabeza que están experimentando decenas de productores familiares de nuestra región, es el eje sobre el cual giró el Seminario Integrador «…Qué produzca la tierra…», en la sede del Centro Emmanuel, en Colonia Valdense, entre viernes 22 y sábado 23.
En diálogo con EL ECO, Raquel Malán, responsable del centro ecuménico, fue tajante al definir el espíritu de este encuentro que congrega a científicos de la Universidad de la República (Udelar), técnicos locales e internacionales, y a quienes verdaderamente sostienen el arraigo territorial: las familias productoras.
La salud bajo la lupa del agronegocio
El modelo extractivista actual, dependiente del veneno empaquetado, está en una crisis que ya no se puede tapar con discursos corporativos. “Muchos productores se acercaron al Centro Emmanuel porque veían que el suelo ya no les estaba dando; por más que le agregaran cosas químicas, la tierra ya no respondía”, explicó Malán a EL ECO. Pero el factor económico no es el único que pesa en la balanza; el drama sanitario golpea las puertas de los hogares rurales. “La gente pone sobre la balanza la salud de sus familias y de sus empleados. Son predios familiares, viven adentro del mismo campo, respiran y toman el agua del mismo lugar”, sentenció.
Para meter el bisturí en este “temón” —como lo define la propia organización—, el seminario contó con la participación del médico argentino doctor Damián Bersegnassi, un referente que lleva años estudiando el mapa de la enfermedad y el brutal impacto de los agrotóxicos en las comunidades vecinas a las zonas de monocultivo. Su exposición se complementó con la mirada de Alexandra Cravino, integrante del novel Instituto de Una Salud de la Udelar, cruzando la frontera científica para demostrar la íntima e indisoluble relación que existe entre la salud humana, la sanidad animal y el equilibrio ambiental.
Desintoxicar el suelo: sin recetas mágicas
La transición hacia la agroecología es un camino difícil, por supuesto. No existen las recetas mágicas de manual que las multinacionales venden en bidones. “Cada predio es un sistema especial”, advierte Malán. Desintoxicar un campo acostumbrado a los químicos lleva tiempo —como mínimo un año— y en ese proceso la microfauna y la microflora del suelo tienen que volver a despertarse. Actualmente se trabaja activamente con “microorganismos eficientes” para acelerar la vuelta a la vida de esa capa finita de tierra que nos da de comer a todos.
Un intercambio de saberes frente a la billetera global
Mientras los organismos internacionales y la banca de primer piso como el Banco Mundial lavan sus culpas otorgando fondos y créditos condicionados a los países que demuestren ser “más sustentables”, el Centro Emmanuel propone bajar la discusión a la realidad de la mesa familiar, allí donde hay que asegurar el rédito económico para comer todos los días.
“En agroecología nosotros no decimos que asesoramos como técnicos, nosotros acompañamos”, define con total claridad Raquel Malán. “Es un intercambio de saberes. La familia rural y los empleados saben muchísimo, saben dónde está el mejor suelo. Lo que hacemos es sentarnos todos a la mesa: los de la Facultad con su ciencia, los productores con la experiencia ganada a los golpes durante años o transmitida por sus abuelos, y ver juntos cómo hacer para que el predio produzca sano”.
El debate quedó planteado y las estufas del Centro Emmanuel encendidas para ganarle al frío de mayo. Frente a un modelo que desertifica los campos y expulsa a la gente hacia los cinturones de miseria de las ciudades, la agroecología se para de manos en el departamento de Colonia. No es una utopía romántica; es la resistencia organizada para que la tierra vuelva a ser, de una buena vez, un organismo vivo al servicio de la vida.
