La integración eléctrica: clave para garantizar la seguridad energética en las Américas
Apostar por una red eléctrica regional no es solo una opción estratégica: es una decisión urgente que requiere determinación, coordinación y una visión de integración de largo plazo.Los sistemas eléctricos están en plena transformación. La electrificación de la demanda, la irrupción de fuentes renovables y el abaratamiento de nuevas tecnologías están reconfigurando la forma en que producimos, transportamos y consumimos energía.
Pero esta revolución energética no llega sin desafíos: las redes, el planeamiento y la forma de operar los sistemas deben adaptarse a un nuevo escenario, más incierto, más interconectado y profundamente afectado por el cambio climático.
Durante décadas, nuestros sistemas eléctricos funcionaron bajo un modelo hidrotérmico: centrales hidroeléctricas y térmicas que en su operación acompañaban la demanda, como quien abre o cierra una canilla. Pero hoy el panorama cambió. Las fuentes renovables —como la solar y la eólica— ganaron competitividad, y los mercados están llamados a priorizarlas sustituyendo gradualmente a las tecnologías fósiles. Sin embargo, estas nuevas fuentes tienen una particularidad: no se pueden encender o apagar a voluntad. Dependen del viento, del sol, del agua… y esos recursos naturales son cada vez más variables.
Esto implica una transformación de fondo. Hay que repensar la planificación, rediseñar los mecanismos de operación y mitigar los nuevos riesgos. ¿Cómo garantizar el suministro si el viento no sopla o el caudal de los ríos baja? ¿Cómo adaptar las inversiones de infraestructura ante una mayor incertidumbre?
A esto se suma otro desafío: la distancia. Los mejores recursos renovables —como el sol del norte chileno o los vientos de la Patagonia— suelen estar lejos de los centros urbanos. Esa geografía obliga a contar con redes de transmisión más extensas, robustas y modernas, algo que muchos países aún no han logrado.
Crisis recientes: urgencia y lecciones traumáticas
Los últimos años han dejado una huella traumática. En 2024, Ecuador enfrentó una grave crisis eléctrica con cortes de más de 12 horas diarias durante varios meses. ¿La causa? Una matriz eléctrica altamente concentrada en generación hidroeléctrica con escasa capacidad de embalse, localizada en cuencas hidrográficas no independientes muy sensibles a los fenómenos climáticos y la estacionalidad. La falta de planificación, inversión y herramientas de gestión de la demanda agravaron el problema. Algunos culparon a la alta participación de renovables, pero esa crítica resulta superficial. El verdadero problema no fue la "renovabilidad", sino la falta de diversificación y preparación del sistema para eventos extremos cada vez más frecuentes.
Chile también vivió su propia crisis este año, aunque con una lógica diferente. Allí, el problema estuvo en la infraestructura de transmisión. Desde hace más de dos años, el país no logra evacuar toda la energía solar generada en el norte. Cerca del 17% de esa electricidad de origen renovable no puede ingresar al sistema por falta de capacidad en las líneas. El diseño regulatorio apostó a que el mercado cerraría esa brecha, pero las obras no llegaron a tiempo. En un sistema largo, con escasa redundancia y poca interconexión internacional, las fallas técnicas eran solo cuestión de tiempo.
Mientras tanto, otros países enfrentaron escenarios similares. En 2021, Brasil atravesó una severa sequía (la peor registrada en 90 años) que puso en jaque su generación hidroeléctrica, pero logró sortearla gracias a las importaciones desde sus vecinos y un paquete de otras medidas orientadas a su oferta interna. Uruguay, dos años después, vivió una situación parecida y también se apoyó en sus interconexiones con Brasil y Argentina para mantener el suministro.
El patrón es claro: los países con redes más integradas, capaces de aprovechar la complementariedad de recursos entre sistemas, con mayor planificación del sector, logran enfrentar mejor las crisis. En cambio, los que operan de forma aislada están mucho más expuestos a los vaivenes del clima, a la variabilidad de sus propias matrices y a los cuellos de botella de su infraestructura.
Más integración, más resiliencia
La integración eléctrica ya no es un lujo ni una aspiración de diplomáticos. Es una necesidad urgente. Conectar sistemas eléctricos entre países permite aprovechar la diversidad de fuentes, reducir costos, aumentar la eficiencia y, sobre todo, mejorar la resiliencia frente a crisis y eventos climáticos severos cada vez más frecuentes.
Durante mucho tiempo, la integración energética estuvo atada a afinidades políticas o ideológicas. Pero los casos de éxito muestran otra cosa: cuando hay racionalidad económica, voluntad técnica y beneficios mutuos, los proyectos prosperan y demuestran grandes beneficios. El mejor ejemplo de esa racionalidad económica de los intercambios es la interconexión entre Uruguay y Brasil, que en pocos años demostró ser clave para la seguridad energética del sur brasileño y del propio Uruguay.
Sin embargo, más allá del evidente beneficio de mercados integrados regionales, en un contexto global de tensiones geopolíticas, proteccionismo creciente y barreras al comercio, avanzar en la dirección de una mayor interconexión eléctrica, con un nuevo mensaje orientado a fortalecer la integración regional resulta ser un gran desafío.
Alinear intereses en tiempos inciertos
Para que la integración eléctrica avance a un mayor ritmo y se consolide, será indispensable alinear los intereses regionalmente, articular visiones nacionales con una mirada regional, y traducir los beneficios en resultados concretos que sean fácilmente identificables por los decisores políticos y los distintos agentes del mercado. En un escenario internacional marcado por la fragmentación y la desconfianza, la integración energética debe apoyarse en datos, evidencia técnica que despierte el interés político. No alcanza con discursos: hay que demostrar que la integración genera valor compartido, mayor seguridad y respuestas más robustas frente a los desafíos del futuro. Apostar por una red eléctrica regional no es solo una opción estratégica: es una decisión urgente que requiere determinación, coordinación y una visión de integración de largo plazo.
- Alfonso Blanco es Director del Programa de Transiciones Energéticas y Clima del Inter-American Dialogue. Ex Director Ejecutivo de OLADE y Co fundador de Fundación Ivy