El millonario, las islas y una travesía en kayak remontando el silencioso Río Uruguay
Las islas Pingüino, Chala e Ingá fueron transferidas formalmente al Estado bajo una condición explícita: deberán destinarse a la conservación de la naturaleza a perpetuidad. El objetivo es que, junto con otras islas de Argentina, integren el primer parque binacional de Sudamérica. El filántropo estadounidense Gilbert Butler, quien realizó la donación, financió además la construcción de tres refugios, tres muelles flotantes y dos escuelas de kayak.
Por momentos, el río Uruguay parece detenido. No porque no fluya, sino porque obliga a bajar el ritmo. A observar. A entender que el tiempo, en sus islas inundables, corre con otra lógica. “La naturaleza estaba acá antes, está ahora y va a seguir estando”, dice Juan Artola, uno de los directores de la ONG uruguaya Ambá, mientras describe un proyecto que tardó casi cinco años en madurar y que hoy marca un hito inédito para el país: la donación de tres islas al Estado uruguayo, realizada por el filántropo estadounidense Gilbert Butler.
Las islas Pingüino, Chala y Basura -rebautizada como Ingá, en honor a la fruta de un árbol nativo- ya no son privadas. Desde el 8 de enero, pasaron formalmente a manos del Estado, con una cláusula precisa y poco habitual en la historia nacional: deberán destinarse a conservación de la naturaleza a perpetuidad. Si eso no ocurre, la tierra vuelve a Ambá.
Pero detrás de esta noticia, que ocupó titulares y atrajo la atención internacional, hay una trama más larga, silenciosa y paciente. Una historia que empieza lejos del río Uruguay, en las sierras de Rocha, y que tiene como protagonistas a un grupo de jóvenes sin formación previa en conservación, a un multimillonario de 89 años apasionado por el canotaje y a un río que, en lugar de separar, promete unir a dos países. La iniciativa Islas y Canales Verdes del Río Uruguay va mucho más allá de esta donación modal que tomó por sorpresa a los uruguayos.
Propósito antes que organización
“Ambá comienza en 2016 como una idea, una intención de cuidar un pequeño campo que tenían Maximiliano Costa, Rodrigo Patrón y otras familias en las sierras de Rocha”, comenta Artola a Domingo. “Ahí empieza a pensarse hacer algo por ese terreno donde ellos se iban a ir a vivir”, agrega. No había, en ese origen, un plan institucional ni una ONG en el sentido clásico. Había una intuición.
Con el tiempo, esa intuición se volvió pregunta: ¿qué sentido tiene proteger unas pocas hectáreas si la biodiversidad no reconoce alambrados? “Nos dimos cuenta de que si queríamos hacer un cambio significativo teníamos que salir de ese lugar privado y pensar algo mucho más amplio”, explica. Así nació la organización que hoy agrupa a unas 30 personas y que eligió su nombre en diálogo con culturas ancestrales: para los guaraníes, Ambá es el lugar hacia donde fijar la dirección, el propósito más alto; para los udegei, pueblos originarios del extremo oriente ruso, es el tigre del Amur, la personificación del Espíritu del Bosque.
“Ninguno de los directores venía de la conservación, salvo Santi Carro, que es biólogo”, cuenta Artola. “Maxi era empresario, Rodrigo profesor de Educación Física. Pero todos teníamos un llamado interno: hacer algo no solo por nosotros, sino por las futuras generaciones”, destaca.
Esa identidad marcó el camino. Ambácreció como una red voluntaria, casi artesanal, que con el tiempo se volvió ejecutiva y concreta, manteniéndose siempre apolítica y sin fines de lucro. Primero llegaron los programas pioneros: el monitoreo de la yerba mate en el Este del país -la representación más austral de la especie- y el registro del margay, un pequeño felino esquivo de las sierras. Curiosamente, siendo Uruguay el país con mayor consumo de yerba per cápita, la totalidad del producto se importa, principalmente de Brasil.
Hoy, diez años después, Ambá tiene otros grandes proyectos en Uruguay y vínculos con organizaciones de peso global como Wildlife Conservation Society (WCS) y The Nature Conservancy (TNC).
El filántropo enamorado del río
La historia del proyecto en el río Uruguay empieza, paradójicamente, en Argentina. “Para nosotros, lo que pasó en (los esteros de) Iberá siempre fue una referencia”, admite Artola, en alusión al proceso impulsado por Douglas y Kristine Tompkins, fundadores de la Tompkins Conservation, que ha ayudado a proteger más de 5.7 millones de hectáreas, creando 13 parques nacionales y promoviendo el rewilding para restaurar ecosistemas, tras un exitoso pasado empresarial. Los miembros de Ambá viajaron, observaron, aprendieron. Y establecieron vínculos.
Fue a través de Sofía Heinonen, entonces directora de la organización en Argentina, que surgió el contacto clave. “Un día nos llama y nos dice que nos comuniquemos con Emiliano Ezcurra”, relata Artola. Ezcurra, exdirector de Parques Nacionales argentinos y hoy al frente de Banco de Bosques, ya trabajaba con Gilbert Butler, un empresario estadounidense que había hecho su fortuna en negocios con fondos de pensión y que, desde hace años, destina parte de su patrimonio a la conservación de áreas naturales en Estados Unidos, Canadá, África oriental y Sudamérica. “Butler había conocido las islas del río Uruguay y se había enamorado”, dice Artola. “Lo que él quería hacer era un parque binacional. Para eso necesitaba una contraparte del lado uruguayo”, añade. Banco de Bosques asumiría el rol en Argentina. Ambá, en Uruguay.
“No nos conocíamos con Emiliano, solo habíamos tenido una reunión virtual”, recuerda. Y agrega: “Sentimos que podíamos trabajar juntos. Él confió en nosotros, nosotros confiamos en él y en el filántropo, que tampoco conocíamos”.
El proceso llevó casi cinco años. Butler compró seis islas -tres en cada país- y financió la construcción de seis refugios de primer nivel, elevados sobre pilotes metálicos, con baños cercanos, senderos diseñados para no afectar el bosque ribereño y muelles flotantes adaptables a las crecidas del río. Cada refugio costó unos US$ 120.000; cada muelle, US$ 40.000. En Uruguay, uno de los refugios se construyó en tierra firme, cerca de San Javier, y fue el primero en ser donado al Estado, por lo que hoy es gestionado por el Sistema Nacional de Áreas Protegidas (SNAP). “Todo es de primer nivel y Butler, desde Estados Unidos, está en todos los detalles. Se fija en los tornillos que se usan, en quién construye, en cómo se mantiene”, detalla Artola.
Islas privadas, destino público
Aunque la noticia habló de una donación directa de Butler al Estado uruguayo, el recorrido fue más complejo. “Las islas nunca fueron de Butler”, aclara Artola. Y explica: “Siempre estuvieron a nombre de Ambá. Los fondos llegaron desde su fundación, a través de WCS Argentina, y nosotros ejecutamos la compra”.
Las islas del río Uruguay, aunque forman parte del patrimonio natural, pueden ser privadas, como cualquier terreno sobre el continente. Tienen padrón, dueño e historia. Estas, además, son inundables y consideradas “no productivas”, con un valor aproximado de US$ 1.000 por hectárea. En total, Butler donó 514 hectáreas en Uruguay y 2.695 en Argentina. “Para que un territorio quede a perpetuidad en conservación, el mayor garante es el Estado”, sostiene Artola.
Por eso, la decisión fue donar las islas. Y hacerlo, deliberadamente, en el inicio del gobierno de Yamandú Orsi. “Esto se empezó a trabajar en el gobierno anterior, pero quisimos que se concretara ahora, para que sea una política de Estado, que trascienda los partidos”, agrega el director de la ONG.
De este modo, el Estado gana control efectivo sobre tierras que ya estaban dentro del Parque Nacional Esteros de Farrapos e Islas del Río Uruguay (EFIRU), pero que eran privadas. “En Uruguay, casi el 90% de las áreas protegidas son privadas”, anota Artola. Y suma: “Que estas islas pasen a ser fiscales es una gran ganancia”.
Kayaks, miel y comunidades
Butler no solo donó tierras. También financió dos escuelas de canotaje en la margen uruguaya: una en Nuevo Berlín, dentro de un parque costero que él mismo apoyó, y otra en el histórico molino de aceite de girasol de San Javier, donde todavía se respira la herencia de la colonia rusa llegada del Cáucaso en 1913. En total, se compraron 25 kayaks individuales y luego ocho dobles para cada escuela, además de remos, chalecos, tráileres y equipamiento completo.
“El vínculo de Butler con el kayak es muy especial”, explica Artola. “Él se encontró a sí mismo en el agua. Y quiere que los niños tengan esa experiencia de ponerse en un río y navegar”, agrega.
Ambá decidió no crear nuevas escuelas, sino fortalecer las municipales existentes. Y tuvo que lidiar con la burocracia del Estado: entre otras cosas, empadronar la flota de kayaks llevó casi un año. “Hay momentos en que el Estado funciona rápido y otros no tanto”, admite el director de la ONG. “Nosotros trabajamos pensando en tiempos largos, como la naturaleza”, agrega.
La escuela de San Javier se convirtió en los últimos años en uno de los proyectos comunitarios más significativos de la localidad. Gratuita y abierta a niños, adolescentes y adultos, no solo promueve el deporte, sino también una forma distinta de vincularse con el río. Desde 2016 funciona con apoyo del municipio y, desde hace cinco años, con el acompañamiento de la organización.
Sofía Moreira, instructora de remo de 26 años, es una de sus principales referentes. Nacida y criada en San Javier, se formó como técnica en deportes náuticos fuera del pueblo y decidió regresar para trabajar en su lugar de origen. “Soy súper del interior y me encanta donde vivo. Me encanta el espacio que tenemos acá”, comenta a Domingo.
Moreira explica que la escuela ofrece actividades recreativas, natación e iniciación al canotaje para niños, mientras que con adolescentes y adultos realizan salidas y travesías por el río. “Con esos grupos ya nos desplazamos, salimos a hacer travesías de seis, quince kilómetros, dependiendo del grupo que estemos recibiendo”, cuenta.
La llegada de Ambá, dice, marcó un antes y un después. “Nosotros antes teníamos 16 botes, hoy tenemos una flota de más de 46, todos con sus chalecos, palas y equipo en excelente estado”, destaca. Ese crecimiento permitió ampliar el acceso: “El grupo de adultos llega a tener más de 30 personas por clase y podemos salir todos de forma segura”.
Pueblos tranquilos y con historia
Al igual que Nuevo Berlín, San Javier tiene una historia para contar. Y un presente en el que reina la calma.
Esta localidad del departamento de Río Negro se fundó el 27 de julio de 1913, durante la segunda presidencia de José Batlle y Ordóñez, a partir de la llegada de un numeroso grupo de colonos rusos que buscaban en Uruguay un destino de paz y libertad religiosa.
Aquellos inmigrantes, nucleados en torno a la figura de Basilio S. Lubkov, líder del grupo religioso Novay Izrail (Nuevo Israel), decidieron abandonar su país debido a las persecuciones sufridas por parte de la Iglesia Ortodoxa. Provenían mayormente de regiones como Voronezh, Veronia, Tiflis, Dolyanka y Selinol Pole, y arribaron a Montevideo a comienzos de 1913.
Tras alojarse durante meses en el Hotel de Inmigrantes de la Ciudad Vieja, el 25 de julio partieron rumbo al litoral a bordo de los barcos Tangarupá y 18 de Julio, con destino a los campos de la sucesión Espalter, a orillas del río Uruguay. Según los registros de la época, fueron 590 personas -niños, jóvenes y adultos- quienes dieron origen a San Javier. Parte de esta historia se puede ver en imágenes y objetos en un museo de acceso gratuito que existe en el pueblo.
El legado de aquellos fundadores fue tan cultural como productivo. Introdujeron por primera vez en el país la semilla de girasol y, tras su cultivo inicial, construyeron el primer molino aceitero del Uruguay, marcando un hito en la historia agroindustrial nacional.
Más de un siglo después, San Javier conserva con orgullo esa herencia. La gastronomía rusa sigue presente en sus mesas, las danzas tradicionales como el Kalinka continúan emocionando en cada celebración y las imágenes del pasado mantienen viva la memoria de quienes forjaron el poblado con esfuerzo y convicción.
Actualmente hay muchas matrioshkas representadas en sus calles y se puede degustar la gastronomía rusa en el pintoresco restaurante (con paredes y techo de barro) Na Zdorovie, ubicado en la principal avenida Basilio Luvkov. Un bulevar repleto de flores, en el que pueden verse a la medianoche las bicicletas apoyadas contra las columnas, sin candados; perros corretear libremente, y grupos de jóvenes con sillas de playa jugando a las cartas frente a la sede del Banco República.
Un corredor y sueño compartido
El proyecto Islas y Canales Verdes del Río Uruguay dialoga con el modo de vida local: por ejemplo, en San Javier y Nuevo Berlín unas 300 familias viven de la apicultura isleña. La miel que producen, dentro de un área protegida, es considerada una exquisitez.
El proyecto busca consolidar un corredor biocultural a lo largo de 1.800 kilómetros, desde la Serra do Mar, en Brasil, hasta el Río de la Plata. El tramo inferior, entre Concepción del Uruguay y Fray Bentos, es clave por su biodiversidad: alberga el 41% de las especies vegetales del Uruguay, casi la mitad de sus aves y especies globalmente amenazadas como el cardenal amarillo, el tordo amarillo y el capuchino de collar. También se ha documentado la presencia del aguará guazú y la posibilidad de reintroducir el ciervo de los pantanos.
BirdLife International identificó en este corredor dos áreas de importancia para la conservación de las aves a nivel mundial. Y el impacto potencial alcanza a más de medio millón de personas que habitan en la región.
Pero el hito mayor aún está por venir: la creación de un parque binacional, donde los visitantes puedan moverse libremente entre islas uruguayas y argentinas, sin pasar por migración. Sería el primero de Sudamérica. Y una señal fuerte, tomando en cuenta que Uruguay está en el último lugar en el ranking regional de protección ambiental. “Butler lo llama el Parque de la Paz”, cuenta Artola. Y agrega: “Cuando llegó acá y le contaron que el puente estuvo cerrado por la papelera, no lo podía entender. Dijo: quiero que el río una y no separe”.
Ese sueño ya llamó la atención internacional. Leonardo DiCaprio compartió el video de la donación en sus redes, tras recibir la noticia a través de la fundación Re:wild. “Nos puso en la mira, explotaron nuestras redes. Empiezan a mirar a Uruguay como un lugar posible para transformar la conservación”, reconoce Artola.
Amor por la naturaleza
Ángel Robledo camina, rema y trabaja con el Río Uruguay como escenario cotidiano. A sus 42 años, este nacido y criado en Nuevo Berlín es uno de los responsables de la logística y el mantenimiento del Parque Costero de la ciudad, una tarea que desempeña desde Ambá y que combina con otra de sus grandes pasiones: ser instructor de kayak.
El quincho de la escuela de kayak, construido “desde cero”, es hoy uno de los puntos de referencia del parque. “La idea fue tener un lugar para establecerse y desde acá proyectarlo”, cuenta Robledo a Domingo, mientras señala los botes comprados en Argentina y accesorios que rodean el espacio. Desde allí se impulsa una propuesta que busca mucho más que el deporte: recuperar la histórica relación de la comunidad con el río.
Aunque el kayak fue durante años algo lejano para los habitantes de la zona, hoy empieza a ganar terreno, sobre todo entre jóvenes y estudiantes. Programas como “Kayak para las escuelas” apuntan justamente a eso: sembrar cultura, educar y volver a generar un vínculo con la naturaleza. “Es una buena manera de regresar y hacer esa conexión”, explica.
Pero el compromiso de Robledo no se queda en la enseñanza. Cada vez que sale a remar o a navegar, su mirada atenta se posa en el entorno: recoge botellas plásticas que flotan en el agua o que quedan abandonadas en las islas, y no duda en dar auxilio a aves heridas que encuentra en el camino. Son gestos silenciosos que reflejan un profundo amor por la naturaleza y una ética de cuidado constante. “Siempre estuve vinculado a la naturaleza”, dice. Para él, este trabajo representa “un bastión”, una forma de defender una postura empática con el entorno y abierta a la sociedad.
El otro hombre “clave” de Ambá en lo que tiene que ver con preservación y mantenimiento de las islas es Fernando Mayor.
Él habla del río Uruguay con la naturalidad de quien lo recorre todos los días. No necesita mapas ni referencias: conoce las islas, los senderos y las especies que las habitan “como la palma de su mano”. Como parte de Ambá, es una de las piezas clave en la preservación y el mantenimiento del Parque Nacional Esteros de Farrapos e Islas del Río Uruguay, un trabajo paciente, manual y constante, muchas veces invisible.
“Yo me encargo de la logística de las dos localidades y de todo lo que lleva también al cuidado del parque”, explica. Su tarea va desde el mantenimiento de senderos naturales hasta la coordinación de visitas, refugios y actividades educativas. Senderos que, aclara, no son meros caminos turísticos, sino recorridos pensados para proteger el ecosistema: se limpian y reparan a mano, especialmente después de las crecientes que modifican el paisaje. El río, siempre cambiante, obliga a empezar una y otra vez.
Ese conocimiento fino del entorno se refleja también en el trabajo de restauración ambiental. “En estos últimos dos años se han plantado acá en Nuevo Berlín en el entorno de las 300 especies de árboles nativos”, cuenta Mayor. “Se retiraron las especies exóticas, como eucaliptus, fresno, ligustro, y se fueron plantando y cuidando todas las especies nativas del río Uruguay”.
La educación ambiental es otro de los pilares del proyecto. A través de sus programas, Ambá recibe grupos de primaria, secundaria, UTU, INAU y visitantes de todo el país. “Hemos recibido profesores del IPA, de geografía, un sinfín de grupos”, señala. Las actividades incluyen charlas de seguridad, iniciación al remo y recorridos guiados por un entorno cuidadosamente protegido.
Para Mayor, el objetivo va mucho más allá del paseo. “Para nosotros es fundamental la educación y el conocimiento, porque lo que no se conoce, no se cuida, no se reconoce”, afirma. Esa apuesta se ve en escenas que lo emocionan: “De repente vos conversás con los gurises y te dicen: ‘mirá, ese árbol lo planté yo hace tres años’, cuando estaban en cuarto o quinto de escuela. Eso es increíble”.
Además de cuidar el territorio, Mayor es el primer contacto con quienes quieren conocerlo. Atiende consultas de turistas, coordina agendas y acompaña recorridas, siempre en coordinación con Prefectura, porque -subraya- “todo se hace dentro de un contexto de seguridad”.
Mientras el trabajo de Mayor y Robledo se realiza de forma silenciosa, el río sigue ahí. Crece, baja, inunda, se retira. Las islas cambian. Los senderos se limpian una y otra vez. Y en esa tarea paciente, se juega algo más grande: la posibilidad de que la conservación deje de ser una promesa y se vuelva territorio. Un propósito. Un ambá.
Trabajo con flora y fauna en las sierras
Uno de los proyectos por los que se hizo conocida la ONG Ambá es Carapé, una iniciativa que se desarrolla en las sierras del mismo nombre, que se despliegan por los departamentos de Rocha y Maldonado.
La premisa fundamental de este proyecto es impulsar una “reconexión ecológica”, promovida por un compromiso con la conservación y restauración de los ecosistemas como base para el desarrollo sostenible de comunidades locales y economías regenerativas.
Esta zona representa un ecosistema de valor excepcional para Uruguay, con un 12% de monte nativo (siendo la media nacional de un 5%) y una biodiversidad única que alberga especies de flora y fauna prioritarias para la conservación, como la yerba mate, el dragón o el margay. Las cuencas que recorren el paisaje, además de ser muy significativas para las comunidades locales (entre otras cosas, las abastecen de agua potable), bañan las áreas protegidas de las dos lagunas costeras, las cuales custodian celosamente una de las zonas con mayor biodiversidad del país.
En este caso, Ambá colabora con el gobierno nacional, departamental, municipal, otras ONG y asociaciones civiles.
También trabaja para estimular las posibilidades de las comunidades del lugar, dando valor a la tradición local y el turismo de naturaleza.
