basura playa“Queremos que el agua en las playas de Montevideo sean seguras en temas de salubridad ”

Entrevista a Carina Suárez, militante ambientalista que reclama mejorar la calidad del agua en las playas de Montevideo.Las playas de Montevideo forman parte del paisaje emocional de la ciudad. Son escenario de encuentros familiares, actividades deportivas y una tradición que atraviesa generaciones.

Sin embargo, los últimos veranos dejaron una sensación incómoda: el mar ya no siempre es un refugio seguro. La presencia recurrente de cianobacterias, residuos y parámetros bacteriológicos por encima de los valores recomendados encendió un debate que el ambientalismo viene planteando desde hace tiempo: ¿estamos protegiendo de verdad la costa?

Carina Suárez, militante ambientalista e impulsora de iniciativas de monitoreo ciudadano, no tiene dudas: el problema es estructural y va más allá de una temporada complicada. Su mirada combina preocupación y exigencia: “lo que está en juego – dice-  es un derecho básico”.

– ¿Por qué el reclamo por la calidad del agua para el baño se volvió tan central?

– Porque es el síntoma visible de un sistema que no está funcionando como debería. Cuando una familia llega a la playa y se entera de que no puede entrar al agua sin asumir riesgos sanitarios, significa que fallaron las políticas de saneamiento, los controles y la planificación. No hablamos de un lujo; hablamos de salud pública y de igualdad. Para mucha gente, la playa es la única opción recreativa accesible.

– Las autoridades difunden reportes periódicos. ¿No es un avance?

– Claro que es valioso, pero no alcanza. Informar debe ser el punto de partida, no el punto de llegada. Necesitamos datos más frecuentes, comprensibles y en tiempo real. Muchas veces la comunicación es defensiva, como si la contaminación fuera un fenómeno inevitable del verano. Cuando cada año se repite el mismo guion, el problema ya no es “natural”: es de gestión.

– ¿Cuáles son, concretamente, las principales causas?

– Hay una combinación peligrosa: carga de nutrientes que llega desde descargas mal tratadas, filtraciones del sistema de saneamiento, actividades industriales, residuos urbanos y prácticas agrícolas en la cuenca. Eso se potencia con temperaturas más altas y menor circulación del agua. El resultado son floraciones de cianobacterias, presencia de microplásticos y, en algunos puntos, valores de bacterias fecales que superan los estándares recomendados. El riesgo existe y debe tomarse en serio.

– Hay quienes dicen que cerrar playas y alertar cuando hay riesgo ya es suficiente.

– Es una medida necesaria para proteger a corto plazo, pero no puede convertirse en política permanente. Cerrar playas es admitir que llegamos tarde. La meta no es convivir con banderas de advertencia, sino tener playas limpias. Eso implica inversión, control y planificación de largo plazo. Lo contrario es normalizar el deterioro.

¿Qué tipo de inversiones y políticas propondrías?

– Modernizar y ampliar el saneamiento, reforzar el tratamiento efectivo de efluentes, controlar pérdidas en las redes, crear sistemas de monitoreo continuo con datos abiertos y auditorías independientes para los vertidos industriales. Y algo clave: sanciones reales cuando se incumple. No estamos inventando la rueda; hay ciudades costeras que aplican estos estándares y funcionan. Falta prioridad política.

– ¿La ciudadanía también es responsable?

– Sí, todos impactamos. Las conexiones clandestinas, la basura y el mal uso de fertilizantes influyen. Pero cargar toda la culpa en la ciudadanía es cómodo para quienes deben tomar decisiones estructurales. La educación ambiental es necesaria, pero sin políticas firmes queda reducida a un discurso simpático.

– ¿Qué rol le asignás a la ciencia y a la academia?

– Central. Necesitamos políticas basadas en evidencia: series históricas, diagnósticos compartidos, transparencia total y debate informado. La ciencia ayuda a planificar, a evaluar y a corregir. Cuando se ocultan datos o se minimiza el problema para evitar costos políticos, perdemos la oportunidad de prevenir.

– ¿Ves voluntad política real?

– Veo anuncios y mesas de diálogo. Pero la verdadera voluntad se mide en presupuestos, cronogramas y resultados verificables. Cuando eso no aparece, la confianza se erosiona. Y la gente termina creyendo que “no se puede”, cuando sí se puede: falta decisión.

– Algunos acusan a los ambientalistas de ser “anti-desarrollo”.

– Es exactamente lo contrario. La contaminación es carísima: afecta la salud, ahuyenta turismo, degrada barrios costeros y genera costos que después paga toda la sociedad. El desarrollo sostenible es cuidar el agua para que haya trabajo, recreación y calidad de vida. Lo irresponsable es dejar que el daño sea irreversible.

– ¿Qué esperan lograr en el corto plazo?

– Transparencia absoluta, participación real y un plan público con metas medibles. Queremos saber qué se hará, cuándo, con qué recursos y quién responde por cada etapa. Y que la ciudadanía pueda seguir el proceso sin intermediarios. El Estado no puede pedir confianza si no ofrece información clara.

Para Carina Suárez, el reclamo no es técnico, sino democrático: proteger la costa significa proteger un bien común y garantizar un derecho elemental. Las playas, afirma, son un espejo: cuando el agua se contamina, no solo se deteriora el ecosistema, también se resquebraja la confianza entre gobierno y ciudadanía.

Mientras el verano avanza, la discusión ya no admite evasivas. No se trata de prohibir: se trata de garantizar agua segura. Y el mensaje de quienes militan por el ambiente es directo: si la costa es de todos, entonces el Estado – en todos sus niveles-  debe estar a la altura de cuidarla.

Diario LA-R -Montevideo - URUGUAY - 08 Enero 2026